Observando el sol con un telescopio utilizando un filtro antideslumbrante, o proyectando su imagen sobre una pantalla, veremos que su faz dista mucho de ser regular. Podemos ver zonas más brillantes que el resto (las fáculas) y otras más oscuras (las manchas)
Si contemplamos con un coronógrafo las fáculas de perfil parecerían llamaradas gigantescas, que se levantan como lenguas ardientes. Estas llamaradas gigantescas son las protuberancias.
Las perturbaciones del sistema solar son enormemente variables: el astro rey está en continua efervescencia, y el aspecto de sus manchas y fáculas cambia en el espacio de unas horas.
También se debe tener en cuenta que el sol gira sobre su eje en algo más de veinticinco días, por lo cual una mancha parece ir moviéndose hasta que desaparece.
Fáculas y manchas son el resultado de la acción del campo magnético, de la rotación y de la convección solares. La convección es el desplazamiento vertical de masas gaseosas que ascienden desde las zonas profundas hasta la superficie.
El fenómeno es de naturaleza similar a la que provocan grandes tormentas en la tierra y a las corrientes que aparecen en un liquido antes de hervir, solo que con dimensiones colosales.
Las manchas suelen tener varios miles de kilómetros de amplitud. Hay grupos de manchas muy amplias entre las que vemos puentes brillantes, penumbras, fáculas, líneas retorcidas y una mezcolanza apocalíptica de luces y sombras.
La actividad solar tiene un período de diez u once años. En los momentos del máximo, la superficie de las manchas es hasta mil veces mayor que en el mínimo.
Contemplar esta especie de jadeo, lento y rítmico de nuestro Sol, tiene una grandeza especial.
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